Introducción

Judío colinegro y judío coliblanco. ARCHIVO F. EXPÓSITO

Los varios miles de judíos que rompen el silencio del día y la noche durante la Semana Santa de Baena son suficiente justificación para configurar esta celebración como una de las más peculiares de España. Los tambores de Baena irradian sus sonidos desde hace muchas décadas, pero si a esto se une el singular vestuario del judío, con bellos crines de caballo que se desploman desde cascos militares coronados por multicolores plumas, la constitución del judío hay que considerarla como una figura fundamental de la historia de la tradición y las costumbres españolas. Por eso, cuando el despistado turista se acerca a las angostas calles del casco antiguo se ve rodeado de un sentimiento que le desconcierta y que en ocasiones le provoca incomprensión. De otra manera no se podría comprender el fenómeno del judío, sino como un elemento sorprendente, pero a la vez cargado de una fuerza embriagadora para todo aquel que coge por primera vez un tambor y lo cuelga de un tahalí.

El arraigo y la difusión alcanzada por el judío como elemento fundamental define el periodo cuaresmal en Baena. Su historia moderna se remonta al siglo XIX, cuando comenzaron a desfilar con lanzas, rosarios e, incluso, paraguas. Hasta el siglo XX no se generalizó el tambor entre los judíos. La división de las colas, negra y blanca, eterno misterio, se estima que se pudo producir en los años veinte de esta centuria, cuando definitivamente se consolidó la figura del judío y la Semana Santa. «Es el judío quien por su originalidad y tipismo ha contribuido de manera más decisiva a extender la fama de la Semana Santa de Baena, llegando los ecos de su tambor a atravesar fronteras», asegura Manuel Horcas, que considera que su curiosa indumentaria, «refulgente casco dorado, adornado con multicolor plumero y cola blanca o negra, chaqueta roja con pañuelo sujeto al cuello por un anillo y pantalón negro», se presenta como una síntesis de antecedentes guerreros, religiosos o castizos.

Pero si algo distingue al judío, además de su indumentaria, es el paradójico contraste que de manera simbiótica confluye en este personaje, desde la disciplina y el respeto estricto al protocolo, a la anarquía y el desorden. Todo es uno en el judío, y sin la rigidez de su actuación no se podría comprender la flexibilidad de sus formas.

 

El judío: su origen