Los humildes de la Semana Santa

FRANCISCO EXPÓSITO (Cabildo, 2022)

Sin ellos la Semana Santa de Baena hubiera sido muy distinta. Podríamos llamarlos los humildes, los anónimos, aquellos baenenses que década tras década aparecían cuando llegaba la Cuaresma, ya estuvieran en Baena, en Madrid, Zaragoza o Barcelona, respondiendo a un extraño sentimiento que surgía en Semana Santa y que hacía que rebuscaran en muchas ocasiones donde no tenían para cumplir con la tradición familiar, con la devoción que apareció inesperadamente. Podrían ser aquellos baenenses que se montaban en el autobús que Ramón, Paquito o los Navarro aparcaban junto al bar Ferroviario, cerca de la estación de Atocha. Con emociones que desprendían al reencontrarse al llegar a aquel viejo bar, sabedores de que en pocas horas estarían en Baena para vivir y sentir la Semana Santa, ansiosos de capturar los tiempos perdidos, los momentos de ausencias que aparecieron con la emigración. ¿Qué familia de Baena no tuvo emigrantes en los años cincuenta y sesenta, aquellos que al regresar eran llamados forasteros cuando eran tan cofrades como los que vivían los 365 días en Baena? Lo recordaba Juan Torrico en su pregón de 1998: “En la calle Méndez Álvaro, junto a la estación de Atocha, de donde salían los autocares de Baena, primero fue D. Antonio López, después Paco Luque y Baniana y últimamente Pepe Navarro, todos los años nos encontrábamos en vísperas de Semana Santa un buen número de baenenses que no nos vemos durante todo el año, como Antonio Rodríguez y su esposa Conchita Martínez, y ya empezamos a disfrutar de los frutos de nuestra fiesta, y cuando metidos en el autocar suena el cante de nuestra tierra o una saeta, uno se emociona y entra en ambiente, y al cruzar Despeñaperros, sentimos una especial sensación, estamos en Andalucía, respiramos aire puro y disfrutamos viendo sus plateados olivares y su ondulado mar de trigales”.

“En honor a la verdad y a la justicia, tenemos que reconocer que la Semana Santa es un patrimonio del pueblo, sin exclusivismos, porque es el mayor legado espiritual e histórico que poseemos los baenenses»

Y ahí, en ese pregón del amigo Juan, aparece una de las grandes verdades de nuestra Semana Santa cuando se pregunta a quién pertenece la celebración, aunque algunos olvidaron durante mucho tiempo esto y quisieron ser los protagonistas de la festividad creando una baculocracia efímera que el tiempo desterró: “En honor a la verdad y a la justicia, tenemos que reconocer que la Semana Santa es un patrimonio del pueblo, sin exclusivismos, porque es el mayor legado espiritual e histórico que poseemos los baenenses, y por tanto es de todas las cuadrillas, hermandades, cofradías y de la Agrupación. La Semana Santa es de las amas de casa, de los hermanos de acera, de los artesanos que hacen todos los arreos, de los floristas, bordadoras y sastres, de los comerciantes, de los niños, enfermos y ancianos, de las religiosas que la enriquecen con su oración y de los cantaores de saetas que le ponen una nota de sabor y sentimiento con su oración cantada, del clero y las autoridades, que participan en su rica liturgia y protocolo, así como de todos sus hijos emigrados. La Semana Santa es de todos cuantos de una y otra forma participamos y gozamos de ella”. Cuando pienso en los humildes, en los anónimos, surgen estas frases del pregón de Juan Torrico Lomeña, una persona que durante décadas iluminó la Semana Santa de Baena con sus artículos, con sus conferencias y sus publicaciones.

Juan Torrico, junto a otros grandes cofrades, en una fotografía de 1997.
Juan Torrico, junto a otros grandes cofrades, en una fotografía de 1997.

La historia de la Semana Santa es una sucesión de vinculaciones a una fe y a un pueblo. De profundizaciones en la historia olvidada, pero también de emociones, de sacrificios y de enorme satisfacción. De transmisión de la fe desde la iglesia al pueblo inculto en el siglo XVI, cuando surgieron las hermandades y cofradías más antiguas datadas en Baena en una población estamental que nada sabía del Concilio de Trento y de la reacción del catolicismo al luteranismo. Tiempos en los que se perseguía por la Santa Inquisición a baenenses que profesaban la fe islamista o de judíos conversos que ocultaban su fe y eran protegidos por el señor de Baena. En esos inicios quedaba la imagen, la transmisión visual de los testamentos. Los humildes componían casi exclusivamente la población de Baena. En aquel empezar, la Semana Santa comenzó a ser aceptada por el pueblo y con el barroco llegaron las grandes imágenes procesionales de Baena, irradiadas del arte de la escuela granadina. Pero también los primeros pasos o representaciones que querían transmitir lo que narraban los testamentos sobre el pueblo de Israel y a los que pronto se unió la población.

LOS PASOS

En ‘Juanita la Larga’, el escritor Juan Valera, que tenía una finca de vid en Baena, aseguraba que “conforme va pasando cada procesión, que suele permanecer tres o cuatro horas en la calle, se ejecutan pasillos, que casi siempre explica un nazareno cantando una saeta”. Él no hablaba de Baena, sino de Villalegre, un lugar que podía identificarse con su Cabra natal, con la Doña Mencía de sus ascendientes o con Baena, porque la Semana Santa de aquellos años mantenía muchas relaciones de similitud entre unos pueblos y otros. Era una imagen que hoy reaparece cada Semana Santa en Baena y que entonces novelaba Valera en el siglo XIX: “Para prevenir y llamar la atención del público hacia cada pasillo, otros dos o tres nazarenos hacen resonar las trompetas con melancólico y prolongado acento. Así, pongo por caso, cuando los evangelistas van escribiendo en unas tablillas lo que pasa y unos judíos tunantes vienen por detrás haciendo muchas muecas y contorsiones y les roban los estilos. Los evangelistas, resignados y tristes, abren entonces los brazos y se ponen en cruz. Las trompetas resuenan otra vez para dar el pasillo por terminado”. Parece que nada ha cambiado desde entonces.

Paso de ‘El Baile’, en una imagen publicada en ‘El Español’ en 1958.

No fue fácil llegar a ese “judío tunante” en Baena, a aquellos humildes que representaban pasajes del antiguo y del nuevo testamento como recogería José María López y Arriero en 1857 al copiar el Sermón del Paso. Baena había incorporado aquellas representaciones y figuras bíblicas ya en la centuria del XVII, aunque poco a poco se fueron alejando de las directrices de la Iglesia, que ya en el siglo XVIII comenzó a dictar normas para su erradicación, aunque sin lograrlo como sí sucedió en otros municipios cordobeses. En 1808, un escrito del guardián de la comunidad de San Francisco al obispo Pedro Antonio de Trevilla enumeraba los pasos que se escenificaban entonces en Baena: el sorteo de la túnica de Jesús, el prendimiento, los paseos a las casas de los pontífices, la coronación de espinas, la caída de Adán y Eva, el sacrificio de Abraham y se narraba la pasión de Cristo. El pueblo se identificaba con estos personajes y sus representaciones, reaccionaba contra las prohibiciones, aunque hubo momentos críticos para su continuidad, como sucedió tras las circulares dictadas a partir de 1858 por el obispo Juan Alfonso de Alburquerque y que pretendían acabar con las representaciones de la Pasión. La mayoría de las escenificaciones que protagonizaban aquellos humildes cofrades se suspendieron, salvo las que se hacían en la plaza del Coso y el Descendimiento. Sin embargo, poco durarían estas limitaciones pues en 1864 se volvieron a recuperar todas. Precisamente, en esa segunda mitad del siglo XIX se produciría la aparición del judío moderno y desaparecería la antigua imagen del judío que procesionaba con rostrillo y túnica. Ese judío moderno se confirmaría tras una lenta evolución que ya en 1895 aparecería descrito en los nuevos estatutos de las cofradías de la Vera Cruz y Santo Cristo de la Sangre sin que existiera rivalidad de colas, que sí aparecería en el primer tercio del siglo XX. Pero esa ya es otra historia.

Sermón del Paraíso. ARCHIVO FAMILIA RUIZ

Sermón del Paraíso. ARCHIVO FAMILIA RUIZ

Los humildes adquirían importancia en la Semana Santa, aunque sus nombres no aparecieran en los libros de cabildos o de actas de las hermandades. Allá por 1926, Fernando Vázquez Ocaña describía cómo era el Sermón del Paraíso: “La procesión sufre una detención de varias horas en la plaza de la Constitución, al filo del medio día. Son colocadas las imágenes sobre unos banquillos. El Coso está deslumbrante. Las cofradías se han dispersado. Sus uniformes se destacan aquí y allí entre la multitud. Los balcones de todas las casas están cargados de bellas muchachas. Hay un escenario florido sobre el balcón central del cuartel de la Guardia Civil. En el escenario Adán, Eva, el “Costalico Romero”, el Ángel, el Manzano y la serpiente. El padre Toledo dice el sermón del Génesis y su voz vibrante rige la pantomima. Eva come la manzana y se estremece. Adán cava y suda. El patriarca Abraham se dispone a sacrificar a su hijo, pero lo detiene el Ángel con un bello pregón. Ningún baenense que de tal se precie dejará de asistir el Viernes Santo por la mañana al cándido auto sacramental muy siglo XVII, que se celebra sobre un tablado en el Coso. Instante plástico, sugeridor para hombres de entendimiento”.

Pero no todo era fácil para las hermandades, que muchas veces se encontraban con grandes dificultades para hacer estación de penitencia en aquella década de los veinte de impulso cofrade. Manuel Piedrahita Ruiz describirá en 1927, en un artículo publicado en ‘Regeneración’, la cuestionable decisión de la hermandad de los Apóstoles de incorporar a ancianos del asilo de San Francisco para la procesión al no contar con hombres que personificaran a los discípulos de Jesús:

“En nuestro nombre y en el de todas las personas sensatas del pueblo, de todas las personas que tienen de la caridad y el amor al prójimo un concepto elevado, protestamos enérgicamente del espectáculo tan poco edificante presenciado este año el Viernes Santo con la “hermandad” de los Apóstoles. Repetimos que no hay derecho a vestir a los pobres ancianos asilados de mamarrachos y hacerles caminar de esta forma durante todo el largo trayecto de la procesión, a pique de tener que recogerlos moribundos. Por estética, por escrupulosidad, por respeto a la vejez y por humanidad, no debe repetirse jamás el repugnante espectáculo de este año. El anciano que entra en el Asilo no lo hace para ser Apóstol, sino para descansar, para no hacer nada, porque nada puede hacer”.

Piedrahita Ruiz anteponía siempre el deber de escribir al conformismo social y este texto es uno de los que descubren que en la Semana Santa de Baena hubo momentos de enormes complicaciones, como sucederá con el paso de los años en el siglo XX.

Imagen de los Apóstoles recogida en la revista ‘Andalucía’ en 1926.

Luis Roldán Doncel publicaría en 1965 ‘La Semana Santa de Baena. Reseña histórica, gráfica y descriptiva’, que se convirtió en el primer libro sobre la Semana Santa de Baena, de la que hasta entonces había hablado Valverde y Perales en su ‘Historia de la villa de Baena’ o se hicieron descripciones en los artículos que fueron apareciendo en distintos periódicos y revistas. La publicación de Roldán Doncel recupera numerosas anécdotas e historias que permiten observar cómo era la Semana Santa en aquella primera mitad del siglo XX. Así narraba el “poder” que tenía el Rey a pesar de su humildad: “Sobre el año 20 fueron a recoger al Rey (un tal Chica), quien vivía detrás de la Cárcel, cerca de la Plaza Vieja, y ocurrió que cuando llegó el Cortejo de rigor (el mínimo es dos cajas y dos banderas) S.M. estaba aún en mangas de camisa, pero dirigiéndose con gran naturalidad a sus súbditos les dijo:

-Pasad, caballeros, que voy a ver si le echo un pienso a la borrica, me lavo los pies y me visto.

Como fuesen muchos y el postigo era pequeño, la mayor parte decidió irse a las tabernillas de la Plaza Vieja y arrimarse algún “crujío” mientras tanto, con lo que después de no poco rato de espera, el Cuadrillero, que permaneció en la casa, vio asomar detrás de una cortinilla al Rey con su gran túnica y atributos. ¡Albricias!

-Bueno, vamos y enseguida se incorporan los judíos que están “repostando” un poquitín más abajo, dijole el cuadrillero.

-El Rey no anda sin música, respondió S.M.

Y el paciente cuadrillero tuvo que reunir a sus subordinados para, con la cadencia del tambor, poner en marcha al rey”.

Rey de los judíos. ARCHIVO FAMILIA RUIZ

El libro de Roldán Doncel incluirá otra anécdota que tenía como protagonista a la Quinta de judíos de la cola negra y su cuadrillero, Pepe Gan, al que en 2022 se le ha rotulado una calle en Baena. Ahí se puede observar lo que significaba para una gran población humilde las limitaciones que tenía:

“Al principio de erigirse D. José Gan en cuadrillero, cuando solo había 12 judíos en su cuadrilla (y en las restantes aún menos), se discutía entre todos los hermanos, alrededor de una mesa bien repleta de comidas y bebidas, quién de ellos habría de llevar la bandera, ya que todos deseaban salir tocando el tambor y no de abanderados. Entonces, tras una larga deliberación, se llegó a la conclusión de que lo mejor era hablar con alguien para que la llevase, aunque hubiera que darle lo que fuese, pensándose en un tal Sangori que vivía junto a la laderilla de la calle Llana; efectivamente, Sangori accedió a llevar la bandera, viniéndose a continuación para el Cuartel, sentándose en la mesa y comiendo en cantidad tal que todos pensaban que iba a reventar. Tras un rato de espera, al goloso Sangori se organizó la comitiva y se le avisó para que cogiese la bandera por lo que, algo de prisa y calculando mal la densidad, quiso llevarse en gigantesca almorzada los flanes que había en una fuente, los que tuvo que comer sin pausa, ya que todos estaban en marcha, luchando, además, lo divino y lo humano para impedir que se le escapase entre los dedos el rico manjar. El resultado fue que, sobre la marcha, Sangori, se limpió las manos, boca y … casi toda la cara en la bandera que había de ir a la cabeza de la turba. Así es que, cuando iban llegando a Santa Marina, la mayor parte de las moscas de Baena iban sobre el símbolo, por lo que el cuadrillero preguntó: ¿hemos cambiado de escudo?”.

Precisamente, en los años veinte del pasado siglo, la Quinta aprobó la creación de una caja de auxilios mutuos para asistir a las familias cuando se produjera el fallecimiento de algún miembro de la cuadrilla. Además, Gan promovió actividades con fines sociales con las que se perseguía ayudar a personas o instituciones necesitadas. En las décadas siguientes, la principal aportación económica de los integrantes de las hermandades consistía en pagar una cuota de entierro para sufragar los decesos de sus miembros, lo que aliviaba la economía familiar cuando se presentaba el triste desenlace. Hoy, algunas hermandades aún mantienen esta cuota de entierro.

Judíos en una imagen publicada por la revista ‘Andalucía’ en 1926.

La anécdota anterior ocurrió en el cuartel de la Quinta, pero de todos es conocido que en aquellos años algunos cuadrilleros o hermanos mayores convertían sus casas en lugares en los que los cofrades disfrutaban de un avituallamiento al que no estaban acostumbrados, aunque algunos de estos cuadrilleros tuvieran grandes limitaciones económicas. Solo hay que recordar esa humildad en cofradías como la del Miércoles Santo, que era conocida como la de los “cuellos sucios” porque la mayoría de sus integrantes llegaban con el tiempo justo de dejar el trabajo para ponerse la túnica tras su hacer en las faenas agrícolas.

“Hay dos grupos de cuadrillas que siempre han estado integradas por personas de muy modesta posición social, hombres humildes y sencillos tanto en su formación cultural, como en su profesión, y estos son los Evangelistas y los Trompeteros»

En 1972, Juan Torrico publicó el artículo “El llanto del trompetero”, en el que describía la realidad de las cuadrillas de los evangelistas y de los trompeteros: “Hay dos grupos de cuadrillas que siempre han estado integradas por personas de muy modesta posición social, hombres humildes y sencillos tanto en su formación cultural, como en su profesión, y estos son los Evangelistas y los Trompeteros. Peones de campo, esquiladores, tramperos, rebuscadores y leñadores en su vida laboral, personas que durante el año pasan desapercibidas por su humilde condición, pero que en los cabildos y sobre todo en los actos de la Semana Santa dejan su anonimato y pasan al primer plano de la actualidad. Por unos días se olvidan de su trabajo, de su sencillez y modestia, y se convierten en actores consagrados, como personajes del gran auto sacramental que representan. Visten sus túnicas y ejecutan su cometido revestidos de personalidad y llenos de entusiasmo y, por supuesto, de fe. Tal vez una fe un tanto especial y rudimentaria, pero ellos viven, sienten su oficio de evangelistas y trompeteros, como lo que son, verdaderos personajes bíblicos”.

Como Juan Torrico, miles de baenenses abandonaron Baena entre las décadas del cincuenta y el setenta, produciéndose una gran crisis en las cofradías y las hermandades de Semana Santa. La situación era dramática, sobre todo para una cofradía como la del Jueves Santo, que fue la que más sufrió con la destrucción de las imágenes en la Guerra Civil. En 1964, la cofradía de la Veracruz y Jesús del Prendimiento se vio en la necesidad de suspender la procesión porque no era capaz de poner en marcha el desfile. Solo el respaldo final del Ayuntamiento impidió la suspensión de la procesión del Jueves Santo, como se recoge en una diligencia de la junta directiva de la cofradía de abril de 1964: “Y vuelta a empezar con el mismo calvario de antes, la maravillosa Cofradía del Jueves Santo se revuelve una vez y otra con espasmos de muerte, su desaparición del incomparable marco de nuestra Semana Santa se vislumbra a cada paso, pero el tesón de la comisión de estos hombres que luchan por su vivencia hacen esfuerzos inauditos y la Semana Santa de 1963 vuelve a hacer su desfile procesional, y así hasta la de 1964 en que es tal la agudeza de sus problemas que hay hombres que no duermen pensando la forma de solventar tantos y tantos conflictos como se plantean, cada vez más difíciles de resolver al paso que se acerca la Semana Mayor y así llega el Cabildo del Domingo de Carnaval, en que presenta su dimisión del cargo de Mayordomo D. Antonio Bujalance Frutos, por razones de su profesión, médico, ante el cúmulo de circunstancias que hacen cada vez más imposible la supervivencia de esta cofradía; en este Cabildo se adopta el acuerdo de suspender el desfile procesional de la misma, acuerdo que es adoptado por todos los concurrentes, como si el bisturí del cirujano separase de un tajo cruel el alma de nuestro cuerpo, pero no hay más remedio que someterse a la intervención quirúrgica aunque esta se realice sin anestesia. Se traslada este acuerdo a las autoridades locales, civil y eclesiástica, y es el Alcalde de nuestra ciudad, D. Melchor Castro Luque, el que, dando muestra de su cariño a Baena y a nuestra cofradía, pues es hermano honorario de la misma, al dar cuenta a sus compañeros de Concejo del acuerdo adoptado por el Cabildo propone se subvencione a la Cofradía con 7.000 pesetas para que no deje de hacer este año su desfile la Cofradía del Jueves Santo, propuesta que fue aceptada por unanimidad de todos los miembros de la Corporación, y con este bello gesto da comienzo una nueva era que esperamos sea el resurgir luminoso de esta maravillosa cofradía en el marco de nuestra incomparable Semana Santa”. Este año de 1964 se producirá la reorganización de la cofradía.

Centuria romana del Miércoles Santo en los años sesenta. ARCHIVO FAMILIA RUIZ

Verdaderos milagros que fueron confirmando la Semana Santa de Baena. Otro calificativo no merece la creación en 1963 de la centuria romana del Miércoles Santo. Detrás estuvieron dos hermanos que no dudaron en endeudarse hasta lo impensable para que los romanos conocidos como ‘Los mohinos’ procesionaran con el Huerto. José y Francisco Expósito Pavón pasaron muchas noches sin dormir y pusieron gran parte de su patrimonio para constituir esta hermandad en la que José llevaba pensando desde hacía más de 40 años. Pese a su condición humilde, este trabajador del campo empeñó su casa en 10.000 pesetas para crear una hermandad de romanos. Mes y medio antes de estrenarse en la Semana Santa de 1963 sus miembros no habían podido ensayar, por lo que sus 50 integrantes se marcharon a trabajar al cortijo Pedro Ortiz para poder hacerlo después de finalizar cada jornada las labores agrarias. El estreno fue un éxito. Se situaron entre la imagen del Cristo de los Azotes y Jesús de la Ventana. Ese esfuerzo, en aquellos años de emigración, no se pudo mantener, por lo que la centuria terminó desapareciendo. La huella de aquel esfuerzo desbordado de los hermanos Expósito Pavón se recuperó en 1987 con la reorganización de la centuria del Miércoles Santo, que hoy vierte sus maravillosos redobles y toques de cornetas en la Semana Santa.

EL CONDUCTOR DE ANDAS

La falta de hermanos hizo también que apareciera la figura de un profesional que se encargaba de conducir las andas en distintas hermandades. Ese conductor, que iba debajo del trono, manejaba el volante por las estrechas y empinadas calles de Baena, recibiendo una remuneración por su trabajo. Pero no siempre se ponían de acuerdo hermandad y conductor sobre lo que debía recibir de asignación. Juan Torrico, en una conferencia inédita que preparó como homenaje a la Cofradía de Nuestro Padre Jesús del Huerto y San Diego para celebrar su cuarto centenario (que no llegó a conmemorarse), contaba la anécdota que presenció: “Fruto de esa vivencia cercana a la Semana Santa, en 1976 fui testigo de uno de tantos hechos insólitos y extraños. La imagen de N.P. Jesús del Huerto estuvo a punto de no salir, ya que no se lograba un acuerdo en el jornal de los hombres que debían portarlo, que finalmente se alcanzó con la mediación de José Reyes Ramírez. Le pedían 700 pesetas y pudo apalablarlos en 600, y cansado y malhumorado me decía: “Gracias a que en Baena existen estos diez fariseos, todos, los años sale Jesús del Huerto”. Realmente se producía un milagro, todo se hacía al azar. Ese año se quedó sin salir la imagen de San Diego”.

Venta de Jesús del Huerto, cuando era llevado sobre canastilla. ARCHIVO FAMILIA RUIZ

Rafael Cruz Muñoz fue nombrado cofrade ejemplar de la Semana Santa de Baena en 2006 por la Primera Cuadrilla de Judíos de la Cola Negra. Rafael, un gran cofrade del Miércoles Santo, fue ejemplo de entrega y de voluntariosa actividad en la hermandad de Jesús del Huerto. Rafael se incorporó como secretario de los Trajecillos Blancos en 1984 tras varios años como conductor de las andas de la imagen de Jesús del Huerto. Desde la humildad y con sobradas ganas de trabajar, Rafael fue uno de esos hombres que ya son historia de nuestra Semana Santa. Cuando en 1985 asumió el cargo de cuadrillero, la hermandad de los Trajecillos Blancos pasaba por uno de sus momentos más complicados. Había bastantes personas inscritas, pero procesionaban menos de diez.

Rafael fue uno de esos hombres que ya son historia de nuestra Semana Santa. Cuando en 1985 asumió el cargo de cuadrillero, la hermandad de los Trajecillos Blancos pasaba por uno de sus momentos más complicados. Había bastantes personas inscritas, pero procesionaban menos de diez.

Ante la ausencia de ingresos suficientes, era un lujo adornar las andas con flores naturales. Otros recurrían a las que podían encontrar en el campo, como contó en alguna ocasión Vicente Mejías Esquinas, hermano mayor honorífico del Jueves Santo. En la hermandad de Jesús del Huerto, precisamente, la revista ‘Cabildo’ de 1988 destacaba la labor que había comenzado a hacer Rafael Cruz: “Con el trabajo de estos hombres y la colaboración de todo el pueblo de Baena, y con la organización de rifas, lotería, donativos de los hermanos y la popular “hucha del Huerto” del bar la Aduana, han logrado que a partir de 1983 las andas de Nuestro Padre Jesús del Huerto portaran claveles naturales…”.

Poco a poco, junto a su directiva, fue consiguiendo que se incorporasen cada vez más hermanos. En 2001 creó la hermandad de andas de Jesús del Huerto y en 2002 estrenó su nuevo trono. Rafael, que había sido conductor de las andas del Huerto, fue la persona que logró, con el respaldo de sus hermanos, que el Huerto pudiera ser portado a hombros de sus integrantes. Como Rafael, otros muchos baenenses, conocidos o anónimos, hicieron que hermandades y cofradías superasen etapas de enorme crisis y consolidasen la imagen actual de la Semana Santa de Baena.

Rafael Cruz, cuadrillero de la hermandad de Jesús del Huerto.

Esas dificultades también llegaron a hermandades o cuadrillas “pujantes” como los judíos, que encontraron en los años setenta y ochenta del pasado siglo a algunos de esos cuadrilleros humildes que daban más de lo que tenían por su hermandad. Ahora, cuando un cuadrillero vuelve su mirada para atrás encuentra el acompañamiento de centenares de judíos. Pero eso no ocurría hace pocas décadas. Antonio Rojano, una de las personas que ha estado más décadas al frente de una hermandad (la Segunda Cuadrilla de Judíos de la Cola Negra), lo contaba en la revista ‘Cabildo’ en 1998:

“He pasado por momentos muy difíciles en la cuadrilla, tanto por mi situación económica como por el número de judíos, apenas tenía 10 o 12 hermanos, y al mirar hacia atrás y encontrarme solo he pasado por momentos de verdadera desilusión, pero siempre esa afición que he vivido en mi casa desde pequeño y el constante apoyo incondicional tanto de mi anterior Tte. Cuadrillero Antonio Valenzuela Muñoz, como de su hijo José Valenzuela Rojano, actual Tte. Cuadrillero, me han dado fuerzas y confianza en esos momentos para seguir adelante. Hoy, cuando me encuentro en la Puerta de Córdoba o en la calle Llana en la mañana del Viernes Santo con un gran número de judíos, siento una gran emoción que me hace saltar las lágrimas; siento algo difícil de explicar”.

Antonio Rojano, a la derecha con el bastón de cuadrillero.

Otro de esos judíos que hay que recordar es Joaquín Meléndez Ortiz “Ochomil”, cuadrillero de la Tercera de Judíos de la Cola Negra durante un periodo en el que tuvo que pasar también enormes penurias e insatisfacciones para poner su cuadrilla en la calle cada Cuaresma. Lo decía en la revista ‘Cabildo’ en 1984, en la que remarcaba el trabajo de su mujer:

“Llevar esta Cuadrilla es difícil y exige un gran sacrificio y trabajo, ya que, por tradición y desde siempre, a esta cuadrilla le corresponde la custodia de las figuras bíblicas como lo son Judas, el rey de los judíos y los evangelistas. Y digo que es difícil porque las personas que encarnan estas figuras necesitan un trato especial, es necesario conocerlas y saberlas entender para poderlas llevar adelante, y la verdad, la responsabilidad de estas figuras es una preocupación constante durante toda la Semana Santa. Son muchas las anécdotas que me han pasado con ellas y que no me saben bien apuntarlas en esta página”.

¿Qué callaría Joaquín? El artículo continuaba recordando a su mujer: “En esta labor me ha ayudado mucho mi mujer, que en paz descanse, que durante mucho tiempo ha cuidado, limpiado y preparado los ropajes de estas figuras desinteresadamente y con mucho agrado, y que tanta mano ha echado en el cuartel para tenerlo todo a punto, y en el cual se pasaba toda la noche del Jueves Santo, labor callada que no sabemos apreciar hasta que nos falta”.

Toda la noche preparando el cuartel. Así ha sido la labor de muchos cuadrilleros, ya fueran de judíos o de otras hermandades, construyendo la historia de la Semana Santa y de Baena. Desde hace décadas, Baena ha vivido a ritmo de su Semana Santa. Muchos años se recuerdan en la historia de Baena por lo que sucedió en una hermandad o una cofradía o por lo que ocurrió en una procesión o en un cabildo.

Y ahí han estado estos hombres de pasión que llegaron a modelar la estructura y estética de la Semana Santa en periodos de penurias. Porque, ¿alguien puede desvincular la organización actual de la cofradía del Jueves Santo sin la labor desarrollada por Vicente Mejías Esquinas? Lo describía Vicente en la revista ‘Jueves de Pasión’ del año 2000: “Ciertamente fueron aquellos tiempos muy difíciles para todos los que nos sentíamos unidos a esta cofradía, las dificultades económicas eran muy grandes y los medios a nuestro alcance muy escasos. (…) Personalmente guardo buenos recuerdos de aquella época, a pesar de las muchas dificultades que teníamos para procesionar, pero es imposible no emocionarse al recordar al pueblo de Baena, arrodillado, recibir la bendición de nuestro Jesús Preso”. Durante su etapa se produjo el mayor impulso de esta cofradía, aunque detrás quedaron innumerables anécdotas que ya forman parte de la historia de la Semana Santa. En un artículo publicado por Vicente Mejías González en la revista del 25 aniversario de la creación de la hermandad de San Pedro, contó cómo fueron aquellos inicios de los Apóstoles de San Pedro y cómo de la necesidad surgía siempre la ilusión por poner en marcha una nueva hermandad. La conversación fue entre Vicente Mejías padre e hijo: “Ya tengo quien haga los rostrillos de los apóstolesseguro que pensó; bueno, seguro no, segurísimo, porque no tardó un segundo en hacer la pregunta clave:

-¿Y tú no podrías hacer los rostrillos de los apóstoles?

-¡Qué va,  papá, yo qué voy a hacer eso!

-¿Por qué no? ¡Si sabes hacer muñecos y cabezudos, puedes hacer las caretas esas!

-¡Que yo no puedo hacer eso, que no sé hacerlo!

-¡Pues que sepas, que si no las haces, San Pedro no sale!”.

Vicente Mejías Esquinas, en 2006. FOTO EXPÓSITO

Y así fue como se crearon los primeros rostrillos de San Pedro, entre dudas y falta de tiempo para llegar a aquel Jueves Santo de 1982 con todos terminados:

“La verdad es que no me fue nada fácil. La mitad del trabajo lo tuve que hacer detrás de la barra del bar y la otra mitad en mi casa, los fines de semana al mediodía y por la noche. Algunos de los rostrillos aún deben de guardar el aroma de café, porque se secaron encima de la cafetera del bar; otros deben mantener el olor a pan recién hecho, porque hicieron lo propio en la panadería de mi tía Antonia, al fondo de la calle Llana; otros se impregnaron de olor de butano y no sé si alguno olerá a las alpargatas de mi abuela Flora, porque a veces los ponía encima de la tarima, a sus pies”.

Entre esfuerzos indescriptibles se fueron escribiendo las grandes historias de la Semana Santa, con numerosas anécdotas que en la mayoría de las ocasiones pasaron desapercibidas. El último recuerdo es para Manuel Cortés, que todos conocíamos como Manolillo ‘El Gitano’ o Manolillo el de María ‘La Gitana’. ¿Quién no se acuerda de él personificando a Adán en el Sermón del Paraíso? ¿Su ritmo cansino con el azadón tras comer de la manzana y ser obligado a trabajar por el resto de sus días? En 1976, Cristina García Rodero, una de las grandes fotógrafas en la historia de España, visitó la Semana Santa de Baena. Seguro que han visto su fotografía del Rey de los Judíos y cuatro colinegros sentados en una mesa, en la que hay una botella de vino y varios platos con fiambres. Ese año también hizo otra fotografía de la procesión de Jesús Nazareno por la calle Mesones. Manolillo el Gitano va vestido con túnica y capa blanca y en sus manos lleva una serpiente y un rostrillo afeminizado. Junto a él aparecen también el pequeño Isaac, de la mano de Abraham, y a la derecha se sitúa el Ángel. En el día más grande de la Semana Santa de Baena, Manuel Cortés se convertía durante unos instantes en el gran protagonista de la escena del Viernes Santo que copió José María López y Arriero en 1857. Tras comer de la fruta prohibida del árbol de la ciencia, todos recordarán las palabras que durante tantos años escuchó en primera persona Manolillo en el Paseo: “Del gran Dios omnipotente/Supremo Rey infinito/querubín soy que enviado/del alcázar del imperio/en defensa de estas puertas/ardientes aceros vivrios/como fiel Custodio y guarda/del Celestial paraíso/donde Adán el primer hombre/que dolor hoy ha perdido/de tela hermosa de gracia/el más hermoso vestido/traspasando obediente/el mandamiento divino/la fruta vedada come/habiéndola ya comido/poco antes su mujer/ambos se ven de improviso/desnudos y avergonzados/reconocen su castigo/que en el estado de gracia/aún no habían advertido/se vieron pobres y tanto/que a un árbol les fue preciso/pedir limosnas y sus hojas/tomaron para vestido/y juzgan que desvarío/tapar del delito el cuerpo/en el cuerpo del delito/debiendo saber que nada/se oculta al saber divino/tómales Dios residencia/y viéndose convencidos/Adán con Eva se excusa/y Eva previene lo mismo/diciendo que la serpiente/sagaz astuto enemigo/con engañosos pretextos/en la fruta les hizo/la tierra queda maldita/y la serpiente en castigo/andará arrastrada siempre/cargada en su pecho mismo/y Eva por pena tendrá/parir con dolor sus hijos/y Adán para conseguir/el alimento preciso/con el sudor de su rostro/en fatigas haya de adquirirlo/o pobre linaje humano/en qué desgracia te has visto/castigo que llorarán/por los siglos de los siglos”.

Manuel Cortés, a la izquierda, vestido de Eva. FOTO CRISTINA GARCÍA RODERO

¿Qué sentiría Manuel Cortés desde el pequeño escenario elevado observado por centenares de personas que lo miraban? Uno de sus hijos, José, que fue compañero en la EGB, presidiría años después la Asociación de Vecinos de San Pedro. A él y algún hermano más era habitual verlo portando la bandera de judíos de la cola blanca en tiempos en los que ningún judío quería dejar de tocar el tambor para portar el mástil de la turba. Manolillo era un humilde cofrade de Baena que durante muchos años fue el primer hombre de la humanidad. Como él, muchos baenenses fueron grandes hombres y mujeres, conocidos o anónimos, personas que desde la humildad, y huyendo de protagonismos, contribuyeron a dejarnos la mayor herencia, una Semana Santa única en España.

admin

Entusiasta del aprendizaje permanente, soy doctor en Periodismo. Disfruto con la historia de la comunicación y el periodismo corporativo y las nuevas formas de comunicación. En mis ratos libres, investigo sobre Baena, pueblo en el que nací, y sus tradiciones.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.