El Sermón de la Pasión, patrimonio único de la Semana Santa andaluza

Eva ofrece la manzana a Adán, en el Sermón del Paraíso.

FRANCISCO EXPÓSITO / PUBLICADO EN LA REVISTA ‘EL NAZARENO’

Pensad solo un momento por qué puede ser única la procesión de la cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Cada uno de vosotros podríais encontrar justificaciones para describir lo que la convierte en diferente. Podría recurrirse a su histórica evolución desde que se aprobaron las constituciones de los nazarenos en 1589, hace ya más de cuatro siglos, cuando emergió una nueva Semana Santa impulsada por el Concilio de Trento. En ese periodo llegarían a Baena dominicos y franciscanos. Estos últimos se instalarían en unas casas que dependían de la parroquia de San Pedro en la segunda mitad del siglo XVI. En aquella centuria, la iglesia de San Francisco comenzaría a abrir sus puertas cada madrugada del Viernes Santo. Primero fueron pocos los penitentes que portaron pesadas cruces de madera de unos dos metros de largo. Descalzos, salvo los impedidos, recorrían las calles sin pavimentar del casco antiguo. Habría que esperar al siglo XVII y XVIII para que la cofradía asumiera la estructura actual, cuando adquirió una iconografía que comenzaba a parecerse mucho a nuestros días.

Allá por 1857 José María López y Arriero copió el Sermón de Pasión, donde anotaría cómo se organizaba la procesión de entonces. Abrían calle dos niños que tocaban campanillas y anunciaban que el desfile recordaba la pasión y muerte de Jesucristo. Adán y Eva encabezaban el cortejo de figuras bíblicas y alegóricas. Después iba la muerte, Abraham, Isaac y los profetas. El alférez llevaba el estandarte que antecedía a los hermanos de cera. En mitad de los alumbrantes, el Ángel del Paraíso, que precedía a la Vera Cruz, los soldados de alabarda, los hermanos de cera de Jesús y la imagen. Detrás le seguían los dos ladrones, el ministro de Justicia y seis judíos. El gallardete de los nazarenos anunciaba a la hermandad matriz, tras la cual se situaban los Apóstoles, Evangelistas, los hermanos de cera de la Verónica, los de María Magdalena, San Juan y sus hermanos de luz, los hermanos de cera de la Virgen y la comunidad de San Francisco, que antecedía a la imagen. El amplio desfile lo cerraba la parroquia, el corregidor y el cabildo secular[1]. Ya no procesionaba la imagen de San Francisco, ni la antigua imagen del Nazareno, pues se había adquirido otra realizada por Miguel de Perea en el primer tercio del siglo XVIII y se incorporó una nueva de Nuestra Señora de los Dolores, a finales del XVII o principios del XVIII, sustituyendo a Nuestra Señora de la Piedad. Las figuras bíblicas enriquecían el desfile junto a apóstoles, profetas, romanos, figuras bíblicas, como Adán y Eva, Abrahán o Isaac, evangelistas y los primeros judíos, que realizarán sus peculiares pasos. Esos judíos llevan aún rostrillo, peluca y coloridas vestimentas que pronto llamarán la atención de las autoridades eclesiásticas y también de los ilustrados del siglo XVIII.

Una segunda razón para destacar la importancia de la procesión. Los turistas, periodistas o universitarios que fueron llegando en el siglo XX para conocer la Semana Santa de Baena destacarían en el judío otra de las justificaciones para encontrar motivos de diferenciación de la procesión del Viernes Santo por la mañana. Muy atrás quedó la sobriedad de las primitivas estaciones de penitencia surgidas en la Edad Media. Y el judío, con su peculiaridad única, desbordaría el interés del ajeno a la tradición.

El tercer motivo para otorgar el rasgo de único al desfile y a otros celebrados durante la Semana Santa en la antigua villa se descubre en los pasos que comenzaron a representarse en los siglos XVII y XVIII. Siguiendo las recomendaciones que ya se definieron en el Concilio de Trento, las procesiones se hicieron más populares, se viralizaron, que dirían algunos ahora, con la entrada de elementos propios del teatro, la incorporación de trompetas, figuras bíblicas, entre los que estaban los judíos de rostrillo, pequeños tronos o escenificaciones, como el Sermón del Paso, en las que se sintetizan momentos sagrados del Antiguo Testamento o de la Pasión de Jesús.

El cuarto aspecto que otorgaría la peculiaridad lo añadiría cada uno de los penitentes y la historia familiar que mantienen con la cofradía y las hermandades desde tiempos que ya no recuerdan, hermandades y cofradías que convierten su cortejo procesional en uno de los más identificativos de la Cuaresma andaluza. Buscar una respuesta razonada a un sentimiento personal sería imposible de sintetizar porque cada hermano de la cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno vive y siente el Viernes Santo de una manera única y diferente.

Por eso, cuando alguien quiere conocer las características que definen la procesión del Nazareno recurriría a algunos de esos cuatros motivos anteriores para resaltar una riqueza esencial de la Semana Santa de Baena que, precisamente, en este año conmemora el vigésimo aniversario de su declaración como Fiesta de Interés Turístico Nacional (la resolución se firmó el 18 de octubre de 2001). Y entre esos rasgos destacaría siempre la idiosincrasia que aportan los pasos representados en los últimos siglos, conservados por una rebeldía cofrade que no triunfó en otras localidades de la Diócesis de Córdoba.

Adán y Eva, durante el Sermón del Paraíso, el Viernes Santo en Baena.

Una historia de rebeldía

El Viernes Santo de 2021 no se organizó la procesión de la cofradía por las calles de Baena. Por segundo año consecutivo se suspendió por el covid-19. En un Viernes Santo de nuestra historia cofrade reciente más de tres mil personas habrían participado en un cortejo espectacular. El gallardete habría abierto calle, siguiendo los fieles alumbrando, la hermandad de la Vera Cruz, la Centuria Romana, Corporación de los Profetas, Hermanos de Jesús Andas y Palio, Hermandad de Nazarenos, Hermandad de los Apóstoles, Evangelistas, Trompeteros, Turba de Judíos de la Cola Negra, Hermandad de María Magdalena, Hermandad de la Verónica, Hermandad de las Virtudes, Hermandad de San Juan y la Hermandad de Nuestra Señora de los Dolores. Puro cromatismo y devoción popular.

No podían olvidarse las figuras de Adán y Eva, el Ángel del Paraíso, Abraham e Isaac. En la memoria siempre surge el recuerdo de Manolillo el Gitano, su movimiento cansino al emplear la azada mientras personificaba a Adán, una escena protagonizada durante muchos años, pero también Carlos Bernal, que fue Isaac y ahora es Abraham. Para un baenense, esa representación no se olvida pues la recuerda desde que era un pequeño niño que acompañaba a sus padres al Paseo. Al Sermón del Paso hay que unir otras escenificaciones, como el Baile del Judío y el Evangelista, la ofrenda de atributos y martirios o la bendición de Jesús.

Antigua imagen del Sermón del Paraíso en Baena.

¿Quién les iba a decir a los obispos Miguel Vicente Cebrián, Pedro Antonio de Trevilla o Juan Alfonso de Alburquerque que sus nombres estarían vinculados hasta nuestros días a la Semana Santa de Baena y que detrás de ella existiría una historia de rebeldía de la religiosidad popular ante los poderes monárquicos y eclesiásticos, lo que, precisamente, ha permitido conservar esos tradicionales pasos que pretendían acercar la fe al pueblo inculto?

En 1743, el obispo Miguel Vicente Cebrián dictó las primeras órdenes limitativas en la Diócesis de Córdoba para depurar la religiosidad popular y eliminar los abusos que se estaban produciendo, contrarios a los principios ilustrados[2]. En julio de 1743, el obispo Cebrián acudió a Baena para conocer, a través de los clérigos locales, las tradiciones cofradieras, insistiendo en la necesidad de suprimir los rostrillos de los penitentes. En febrero de 1744 dictó un edicto que ya recogía en su primer artículo que había que eliminar las figuras de apóstoles, evangelistas, Pilatos o judíos y erradicar las representaciones de los pasos, además de impedir que los penitentes llevasen rostrillos[3]. Sin embargo, las cofradías se negaron a cumplir el edicto, manteniéndose las representaciones y figuras primitivas. Tampoco incidirían las cédulas reales que promulgó Carlos III, que prohibían los bailes y pasos en las procesiones. Ya en el siglo XIX, el obispo Pedro Antonio de Trevilla estuvo más cerca de poner fin a las escenificaciones y figuras de la Semana Santa de Baena. En 1807, el obispo Trevilla visitó Baena con el objetivo de eliminar las representaciones y figuras bíblicas. Tras su visita a Baena y a otros municipios, promulgó dos decretos en los que instaba a suprimir las representaciones protagonizadas por las figuras bíblicas, apóstoles, evangelistas y judíos y el Sermón de la Pasión. Sin embargo, los acontecimientos históricos de la Guerra de la Independencia o la exclaustración de franciscanos y dominicos en Baena durante el gobierno de José I dejaron en segundo plano el cumplimiento de los decretos.

En 1819 volvería a insistir el obispo Trevilla. Ese año se produjeron graves incidentes por el rechazo de la población a los dictámenes eclesiásticos. El Jueves Santo, numerosos judíos con sus rostrillos desafiaron las normas de Trevilla. Lo mismo sucederá en la procesión de la cofradía de Jesús Nazareno, donde se incorporan judíos con los rostrillos, además de unirse durante el recorrido las figuras de Abraham e Isaac y los discípulos de Jesús. Al año siguiente se publicó un reglamento en el que se determina que solo se celebrará la procesión de la tarde del Viernes Santo y se eliminan figuras y escenificaciones: “Artículo 16. Quedan suprimidos los pasos del Descendimiento, el de los Apóstoles, Discípulos, Ángeles, Sivilas, Virtudes…”[4]. Sin embargo, ahora será el Ayuntamiento de Baena el que se opondrá a la disposición eclesiástica al acordar autorizar todas las procesiones el 23 de marzo de 1820:

“(…) Se admitió y puso a discusión, resolviendo unánimemente que debía darse el correspondiente permiso, para que en los términos regulares y con arreglo a los años de mil ochocientos tres y mil ochocientos catorce se saquen las procesiones que tanto desea el Pueblo en los propios días de Semana Santa, pues aún cuando haya algunas anteriores prohibiciones sobre este particular parece no deben rejir en el día, mayormente cuando de la supreción pueden ocasionarse algunos disgustos…”[5].

Sermón del Paraíso, en una imagen antigua durante el Viernes Santo en Baena.

Más cerca de conseguir la erradicación estuvo el obispo Juan Alfonso de Alburquerque, que publicó una circular el 17 de febrero de 1858 en la que prohibía las representaciones de la Pasión e insistió en enero de 1859 con otro, que volvería a repetir en febrero de 1860. El 11 de marzo de 1858 hermanos mayores, mayordomos y cuadrilleros aceptan la supresión de la mayoría de los pasos que se representaban[6], a excepción de los que se realizan en la plaza del Coso y la representación del Descendimiento. Esta decisión sería temporal, pues en la Semana Santa de 1864 volvieron a recuperarse. Curiosamente, en esta etapa del obispo Alburquerque, José María López y Arriero copiaría el Sermón del Paraíso en 1857. Durante estas décadas de prohibiciones y rebeldías se produciría la desaparición del judío primitivo que llevaba túnica y rostrillo, gestándose en el siglo XIX la figura del judío moderno tal y como se conoce en la actualidad.

El Sermón del Paraíso

La Semana Santa de Baena hay que considerarla como una de las conservan más escenificaciones durante los recorridos procesionales. Con el discurrir de las décadas, los pasos se fueron deteriorando, por lo que en numerosas ocasiones se recurrió a recuerdos orales de los más mayores para su recopilación y conservación, como hizo Juan Torrico Lomeña al recopilar en 1990 su ‘Libro de Pasos de la Semana Santa de Baena’[7], que dividió en tres capítulos: el relato bíblico y evangélico, el detalle de los pasos y su ceremonial y las escenas de la creación y de la pasión de Jesús.

Los pasos, al ser elementos visuales y orales transmitidos a lo largo de las décadas, se conservaron de manera muy erosionada, por lo que su recopilación originaria fue muy difícil y se tuvo que recurrir, en muchas ocasiones, a los recuerdos orales de personas mayores, tal y como hizo Juan Torrico Lomeña para la elaboración de su ‘Libro de Pasos’. El único texto escrito que llegó a nuestros días fue el Sermón de la Pasión gracias a la copia realizada por José María López y Arriero en 1857.

Isaac y Abrahán, el Ángel y Adán y Eva, en la representación del Sermón del Paraíso en Baena.

Ese texto es un relato casi periodístico de cómo era la procesión de Jesús Nazareno a mediados del siglo XIX, siendo de un valor incalculable para la cofradía por reflejar su estructura en el pasado, además de narrar cómo se escenificaba el Paso del Paraíso. Primero se describirá cómo sucedió el pecado original: “Admirase Eva de tantas flores y plantas, mas lo que más llama su atención es el árbol de la ciencia, pero Adán entonces le previene lo que Dios ha mandado de no comer la fruta de tal árbol. Sepárase luego Adán de Eva, ésta ve a la serpiente enroscada al pie del árbol prohibido, y al punto se horroriza y asusta; mas después el enemigo del hombre el príncipe de la maldad Lucifer, habla a Eva por boca de la serpiente y le pregunta que ¿por qué Dios ha mandado que no coman de las frutas del paraíso? a la que Eva responde, de todo comemos menos de la fruta de este árbol nos ha mandado Dios que no comamos y nos ha comunicado que moriremos si comemos; no es así dijo la serpiente, antes si coméis, seréis como Dioses, sabedores de todo…”. Eva logra convencer a Adán de comer del árbol de la fruta prohibida, recibiendo los primeros hombres la condena eterna del Ángel del paraíso:

“Del gran Dios omnipotente/Supremo Rey infinito/querubín soy que enviado/del alcázar del imperio/en defensa de estas puertas/ardientes aceros vivrios/como fiel Custodio y guarda/del Celestial paraíso/donde Adán el primer hombre/que dolor hoy ha perdido/de tela hermosa de gracia/el más hermoso vestido/traspasando obediente/el mandamiento divino/la fruta vedada come/habiéndola ya comido/poco antes su mujer/ambos se ven de improviso/desnudos y avergonzados/reconocen su castigo/que en el estado de gracia/aún no habían advertido/se vieron pobres y tanto/que a un árbol les fue preciso/pedir limosnas y sus hojas/tomaron para vestido/y juzgan que desvarío/tapar del delito el cuerpo/en el cuerpo del delito/debiendo saber que nada/se oculta al saber divino/tómales Dios residencia/y viéndose convencidos/Adán con Eva se excusa/y Eva previene lo mismo/diciendo que la serpiente/sagaz astuto enemigo/con engañosos pretextos/en la fruta les hizo/la tierra queda maldita/y la serpiente en castigo/andará arrastrada siempre/cargada en su pecho mismo/y Eva por pena tendrá/parir con dolor sus hijos/y Adán para conseguir/el alimento preciso/con el sudor de su rostro/en fatigas haya de adquirirlo/o pobre linaje humano/en qué desgracia te has visto/castigo que llorarán/por los siglos de los siglos”.

Todo baenense recordará desde pequeño aquellas palabras que condenaban a los hombres por comer la manzana prohibida. Cada Viernes Santo, en un pequeño escenario elevado, se escenificará la escena, junto al sacrificio de Isaac, que sí tiene final feliz al ser salvado el niño en el último momento. Las palabras del Ángel a Abrahán serán reconocibles por los baenenses:

“Abrahan Abrahan detente/no quites a Isaac la vida/que tu obediencia rendida/a Dios has hecho patente/pues con heroico pecho/no has perdonado a tu amado/del sacrificio intentado/Dios se da por satisfecho/y para holocausto entero/en lugar de Isaac paciente/víctima será decente/la humildad de aquel cordero”.

Sermón de la Pasión, en una imagen reciente. Momento de la sentencia de Jesús Nazareno.

Tras el Sermón del Paraíso se representará el Sermón de la Pasión de Cristo, incluido en el mismo texto copiado por López y Arriero. El narrador contará la traición y el prendimiento de Jesús, el juicio de Cristo y el lavado de manos de Poncio Pilatos. Precisamente, en los años veinte del pasado siglo, el periodista Fernando Vázquez Ocaña describirá la representación en la revista ‘Andalucía’:

“La procesión sufre una detención de varias horas en la plaza de la Constitución, al filo del medio día. Son colocadas las imágenes sobre unos banquillos. El Coso está deslumbrante. Las cofradías se han dispersado. Sus uniformes se destacan aquí y allí entre la multitud. Los balcones de todas las casas están cargados de bellas muchachas. Hay un escenario florido sobre el balcón central del cuartel de la Guardia Civil. En el escenario Adán, Eva, el Costalico Romero, el Ángel, el manzano y la serpiente. El padre Toledo dice el sermón del Génesis y su voz vibrante rige la pantomima.

Eva come la manzana y se estremece. Adán cava y suda. El patriarca Abraham se dispone a sacrificar a su hijo, pero lo detiene el Ángel con un bello pregón. Ningún baenense que de tal se precie dejará de asistir el Viernes Santo por la mañana al cándido auto sacramental muy siglo XVII, que se celebra sobre un tablado en el Coso. Instante plástico, sugeridor para hombres de entendimiento.

Efectúase también la escena del prendimiento. Nuestro Padre Jesús Nazareno bendice al pueblo y un viejo judío, siempre el mismo, se queda hipotéticamente sin oreja, al recibir el golpe de la espada que San Pedro, el Fundador, empuña.

El pueblo se va a almorzar y más tarde se vuelve a presenciar el desfile lento y majestuoso de la Procesión que vuelve a San Francisco, no sin pasar bajo las naves del templo parroquial de San Bartolomé”[8].

Judas vende a Jesús, durante el Sermón de la Pasión en Baena.

Pocos años después, en 1935, el periodista José de la Rosa narrará el Sermón de la Pasión en la revista ‘Estampa’:

“El Viernes Santo, además de las tradicionales y conocidas procesiones de los pasos, se celebran unos ingenuos “autos sacramentales” que resultan pintorescas estampas de la Pasión. Véase el desarrollo de algunas.

El paso. El sonar de unas trompetas representa la inspiración divina. Al oírlo, los evangelistas se apresuran a escribir las doctrinas de Cristo, que un judío intenta destruir; pero los evangelistas se lo impiden en un precioso juego.

La venta de Jesús. Dos judíos depositan frente al sagrario una bandeja de plata, en la que arrojan unas monedas de dos pesetas como precio a la traición de Iscariote.

A judas le parece poco.

Otra moneda. Y se repite el juego.

Y a la tercera (los treinta dineros), Judas acepta. Pero al ir a coger el dinero, los judíos intentan evitarlo. En que lo consigan o no está el resultado del juego; se gana o se pierde.

Hace dos años, el Judas se guardó las monedas según caían en la bandeja, en la que no se juntaban nunca los treinta dineros …

Hasta que el fariseo se enfadó y dijo:

-Oye, tú; no te consiente que te lleves mi dinero a mansalva. Vámonos al círculo, y y si quieres, nos jugamos una partida de giley. El que gane, pa él …

También se hacen el Prendimiento y el Paraíso, donde Adán muerde la manzana, y después se la guarda en un bolsillo, para ir dándole bocaditos durante la mañana….”[9].

Hace ya casi dos décadas, en 2002, inicié los pregones de la Exaltación del Judío organizados por la Primera Cuadrilla de Judíos de la Cola Negra. Ese pregón incluyó pasos como el Baile o un fragmento del Sermón cantado por la niña que ese año sería el Ángel en el Paraíso. El recuerdo es imborrable:

“El pequeño escenario siempre está colocado junto a los arcos de la Casa del Monte. El cura, década tras década, recupera pasajes trascendentales de la fe cristiana, con hombres humildes que eran pagados para representar a los personajes bíblicos. Primero aparecerá Adán y Eva, después Abraham e Isaac. Por último, Pilatos lavándose las manos. Y entre el gentío, estará el Nazareno. El perseguido, el amado por los baenenses. Judas saltará de la muchedumbre. Y el sacerdote narrará la traición. No hace falta más diálogo, porque el pueblo se sabe protagonista de lo que año tras año ha venido observando desde que sus padres lo llevaron el primer Viernes Santo que recuerda al Paseo. Alguna vez se perdió con las monedas Judas y los judíos se dieron de bruces, pero hoy nadie se despista ya. Tras acercarse tres veces parece que lo ha descubierto. Judas busca dos judíos e inicia la trascendental venta. Todos están impacientes. Los hermanos de andas sueltan con desconfianza la imagen del Nazareno y los judíos, arremolinados, cumplen lo escrito. Que suene el tambor y no calle ya, que el silencio rompa la soledad del traicionado. Que el hombre sea siempre judío, y que el judío apriete sus músculos al pellejo del tambor…”[10].

Lectura de la sentencia de Jesús, el Viernes Santo en Baena.

El ceremonial actual

Pese a los grandes cambios que se han producido, la cofradía ha mantenido la representación de los pasos del Baile, la bendición de Jesús, el Prendimiento, la ofrenda de los atributos y martirios de los Apóstoles y Profetas, el sermón del Paraíso, la lectura de la Sentencia, el lavatorio de manos de Pilatos o las palabras del Ángel a Jesús y la Virgen en la plaza Vieja. Sí ha desaparecido la bendición de Jesús a los presos, que se hacía junto a la antigua cárcel situada en la plaza Vieja[11].

El paso de los evangelistas, conocido popularmente como ‘asustar a los evangelistas’ o ‘El Baile’, es uno de los más pintorescos y llamativos que se escenifican. Se desarrolla durante los recorridos procesionales del Domingo de Ramos, Miércoles Santo, Jueves Santo, Viernes Santo y Domingo de Resurrección. El acto tiene como protagonistas a los cuatro evangelistas (Juan, Lucas, Marcos y Mateo), que van delante de la turba de judíos en fila de uno y separados una veintena de metros unos de otros. Cuando el cuadrillero ordena, uno de los trompeteros da la señal de atención y los evangelistas comienzan a simular que escriben sobre una tablilla. En ese momento sale de la turba un judío que, sin tambor y con la celada bajada, se aproxima dando pequeños saltos a los evangelistas. Lleva la mano izquierda sobre la espalda y la derecha sobre la celada. Entonces se acerca de manera cautelosa al primer evangelista por el lado izquierdo y observa lo que escribe. Después lo hace por el lado derecho y, por último, se sitúa delante del evangelista, con la mano derecha levantada y la izquierda separada del cuerpo, e intenta arrebatarle la tablilla, que esconde rápidamente el evangelista. Los dos hacen un giro, que parece un paso de baile, por eso su popular denominación, y finalizan con una reverencia. Este acto se repite con los otros tres evangelistas.

La hermandad de los apóstoles realiza el paso de ofrenda de los atributos a Jesús Nazareno. Los discípulos se colocan en fila de uno, con el rostrillo puesto, y van ofreciendo sus atributos correspondientes, elevándolos ante la imagen de Jesús Nazareno y realizando una reverencia con la cabeza. Asimismo, la Corporación de los Profetas lleva a cabo la ofrenda de sus martirios. Para ello los elevan en tres tiempos y los bajan en otros tres. Finalizan con una reverencia inclinando la cabeza.

Durante el recorrido procesional, Jesús Nazareno bendice al pueblo de Baena al poseer la imagen su brazo derecho articulado. En el descanso de la procesión, Jesús también da la bendición a su madre cuando se encuentra en el Paseo. Recuerdo el pregón de Francisco Montero Galvache cuando exaltó este momento en 1973:

 “Yo sé Jesús de Baena/que lo que da tu silencio/cuando tu mano bendice/es la llave de los cielos,/por eso no me la quites/de los ojos Nazareno”.

O cuando Miguel Fuentes advertía en 1962 en la revista ‘Tambor’ dónde debía producirse:

“Los abuelos hoy cuentan a sus nietos que a ellos les contaron sus abuelos la emocionante escena de la bendición a los campos desde el Adarve por Jesús Nazareno en el amanecer del Viernes Santo. Pero yo voy más lejos. Veo esta emocionante escena teniendo por espectadores a los primitivos Nazarenos, que no eran otros que los frailes de la Ermita de los Santos. Y así todas las demás escenas que tuvieron por marco lo antiguo, lo tradicional, lo que hace siglos instituyeron los antiguos señores de Baena.

Por tanto, yo, hablandoos en nombre de la tradición os digo: la bendición del campo por Jesús Nazareno debe hacerse en el Adarve y no en la Muralla. El prendimiento de la tarde del Miércoles en las Monjas y no en el Paseo, lugar inadecuado. El sermón de la Creación y el tablado del Paraíso para representar un verdadero auto sacramental, en la Plaza y no en el Parque, donde pronto propondrán otros gamberros tradicionales”.

Como hemos descrito, en un sencillo y pequeño escenario situado en la plaza de la Constitución, y que se eleva unos metros del suelo, se escenifican diversos autos bíblicos que recuerdan la expulsión del paraíso terrenal de Adán y Eva al cometer el pecado original, el sacrificio de Isaac y diversas secuencias de la Pasión. Desde el balcón central de la Casa del Monte, el capellán se encarga de dirigir los distintos acontecimientos que se narran. En primer lugar se representa el Sermón de la Creación. Recuerda el paraíso, la tentación, caída y primera promesa de redención de Dios. En este auto intervienen Adán, Eva y el Ángel del Paraíso. A continuación se escenifica el sacrificio de Isaac, en el que participan Abraham, Isaac, el Ángel, así como un borrego que es sacrificado de manera simbólica al final.

Tras la celebración del Sermón del Paraíso tiene lugar el Sermón de la Pasión, en el que se escenifican distintos pasajes de los últimos momentos de la vida de Jesús, aunque en esta ocasión no son personas, sino las propias imágenes las protagonistas de los autos. Después del prendimiento, la imagen de Jesús vuelve al centro del Paseo y, desde el tablado del Paraíso, se lee la sentencia de Jesús.

En la Semana Santa de 2001, por iniciativa de Manuel Guijarro[12], se recuperó el canto del Ángel del Paraíso a Jesús Nazareno y a la Virgen de los Dolores. El acto tiene lugar en la bajada de la procesión al terminar la calle Alta. Entonces, el Ángel se sitúa en un altillo y espera la llegada de Jesús y de la Virgen, a la que, finalmente, dice:

“Soberana Emperatriz/del Cielo y tierra servida/Aurora del mejor Sol/hoy con su eclipse afligida/Yo Gabriel que feliz Nuncio/en la Celestial Milicia/observo vuestra grandeza/con la humildad más rendida/Yo aquel que logre primero/la Gloria el honor la dicha/de sacar de vuestros labios/libre al mundo en solo un día/postrado a Tus Sacros Pies/os doy la triste noticia/que a vuestro divino pecho/tiene el cielo prevenida/Jesús vuestro dulce Hijo/de penas y de agonías/en rojo mar fluctúa/por restaurar la inominia/en que naufragado el mundo/en pena de su milicia/dadme pues Sacra Señora/licencia para que asista/al redentor de los hombres/a Dios Bendita María/afligidísima Reyna/que vuestra Alteza me envía/el Padre Eterno a deciros/acompañéis muy benigna/las penas de vuestro hijo/que no le son merecidas/conformaos Sacra Princesa/y tener constancia fija/pues son para desatar/con virtud muy peregrina/de los hombres la cadena/que fomentó la malicia/de la primera desgracia/y la culpa primitiva”.

Hoy, la escenificación de los pasos en la cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno es una de sus grandes riquezas históricas, un patrimonio único que hay que preservar y cuidar para evitar que por directrices inentendibles se minusvalore su importancia o se erosione su verdadero sentido y protagonismo en la procesión del Viernes Santo por la mañana. La Semana Santa de Baena es reconocida turísticamente por sus judíos, por su riqueza cofradiera y por el valor de algunas de sus imágenes barrocas, pero también por sus pasos, escenificaciones que nadie puede despreciar al tratarse de una de las grandes peculiaridades de la Cuaresma andaluza. Nadie puede entenderla sin esas sencillas representaciones que nacieron para cultivar en la fe al pueblo no letrado y que hoy son patrimonio único y diferenciador de la Pasión de Baena.



[1] Ésta es la estructura de la procesión de la cofradía durante el siglo XVIII, según se describe en el Sermón de Pasión copiado por José María López y Arriero.

[2] El escritor Juan Valera describió en su novela ‘Juanita la larga’ algunos de los excesos que se cometían en la Semana Santa de su idílica Villalegre. Valera dirá en el libro: “(…) así es que había pocos judíos, muchos menos que soldados romanos; mas no por eso se sometían del todo, sino que de vez en cuando se enredaban a trancazos con los cruzados, armando muy graciosas escaramuzas o simulacros de pelea, con los cuales el pueblo se reía y era como el sainete o parte cómica de la procesión”. Esta famosa Villalegre se podría identificar, junto a su pueblo natal, Cabra, o el de sus padres, Doña Mencía, a Baena, ya que como dirá Juan Valera en una carta a Francisco Valverde y Perales incluida en las ‘Leyendas y tradiciones’ del historiador baenense (Gráficas Cañete, Baena, 1973), “(…) Bien puedo afirmar que yo soy de Baena, ya que está en su término la única finca que poseo, la casería del Alamillo, con sus fértiles y hermosos viñedos, perdidos hoy enteramente a causa de la filoxera”.

[3] “Lo primero, que en las procesiones que se hacen en la Semana Santa no se permitan personas algunas que representen a los Apóstoles, Evangelistas y Sibilas, ni tampoco a Pilatos ni los Judíos; ni se haga representación alguna al vivo de los passos de la Pasión del Señor, ni sacerdote alguno ni secular haga a Nuestro Dulcísimo Dueño Jesús, representando passo alguno de la Pasión; pues las procesiones han de constar solamente de las insignias y passos de la Pasión de vulto, ya sean imágenes de Jesucristo Nuestro Redemptor, de María Santísima Nuestra Señora, de San Juan y Santa María Magdalena, y los que llevaren dichas insignias y passos y los que acompañaren la procesión han de ir con la cara descubierta en su hábito o vestido regular, o con túnicas de olandilla morada o negra, redondas y sin faldas, evitando toda profanidad, porque siendo trage y vestido de penitencia no dice bien con la superfluidad, demasías y arrogancia”. Archivo de la Catedral de Córdoba, Papeles varios. Tomo 41, f.52r.

[4] A.G.O.C. Provisorato. Asuntos ordinarios. Leg. 45, f. 88r.

[5] Archivo Municipal de Baena. Libro de Actas Capitulares, 23 de marzo de 1820.

[6] Entre los que se suprimen se encuentran “los pasos de la Venta y prendimiento de Jesús e las calles por Judas, labatorio de Pilatos, suertes de la túnica, el de los Evangelistas, y de Longinos, la salida de los Pontífices y Obispos que precedían la del Viernes Santo, la representación material de los Siete Sacramentos por niños…”. Archivo Municipal de Baena. Legajo 156.

[7] La publicación fue editada en 2002 por la Agrupación de Cofradías de Baena.

[8] VÁZQUEZ OCAÑA, Fernando: “Las procesiones de la Semana Santa baenense”. Revista ‘Andalucía’. Córdoba, febrero de 1926.

[9] DE LA ROSA, José: “Dos mil judíos tocan el tambor”. Revista ‘Estampa’. Madrid, 11 de mayo de 1935.

[10] EXPÓSITO EXTREMERA, Francisco: “Pregón añorante del judío antiguo y del emigrante tamborilero”. Baena, 2002.

[11] EXPÓSITO EXTREMERA, Francisco: “Semana Santa de Baena. Historia de una devoción popular”. Gráficas Cañete. Baena, 1999. Páginas 173 a 192.

[12] Manuel Guijarro Nucete, cuadrillero de la Sexta Cuadrilla de la Cola Negra y expresidente de la Agrupación de Cofradías, ha sido una de las personas que más han trabajado en las últimas décadas por la conservación de los pasos de la cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno.

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Entusiasta del aprendizaje permanente, soy doctor en Periodismo. Disfruto con la historia de la comunicación y el periodismo corporativo y las nuevas formas de comunicación. En mis ratos libres, investigo sobre Baena, pueblo en el que nací, y sus tradiciones.

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