Miércoles de Ceniza de 2021

La vacunación contra el covid-19 se inició en Baena el 4 de enero de 2021 con la primera de las dos inoculaciones previstas a los sanitarios del centro de salud. Se abría el zaguán de la esperanza tras casi doce meses de enorme drama. Ese día dejaba cifras preocupantes: 741 contagiados desde el inicio de la pandemia, de los que se habían curado 535; 11 fallecidos y una tasa de contagio de 425,2 por cada cien mil habitantes, es decir, Baena era el octavo municipio de la provincia con mayor incidencia en los últimos 14 días. Y quedaban por venir semanas muy complicadas hasta que se inmunizara la población.

Casi un año después de aquel Viernes de Dolores de 2020 había más confianza en llegar al final de demasiados meses de inquietud. La decisión ya se había tomado. Por segundo año consecutivo no habría tambores en las calles de Baena, ni penitentes, ni imágenes, ni devoción por la Almedina. Habría que esperar a 2022.

¿Cómo llegarían las hermandades y cofradías a esa Cuaresma de 2022 tras dos años sin procesiones? El virus, detectado por primera vez en Wuhan, transformó la manera de relacionarse de la población, las costumbres habituales, se rompieron tradiciones y se perdieron demasiadas vidas. También sucedió en la Semana Santa. Algunos grandes cofrades, que habían sido eslabones de la historia de las hermandades, desaparecieron en este periodo. Otros comenzaron a llegar a una Semana Santa única: eran la necesaria renovación que afianzaría la continuidad.

Por las venas de aquel cerro fluían vibraciones que no se detenían durante la Cuaresma. Las ondas emergían y se sentían a varios kilómetros de distancia. En los baenenses penetraban misteriosamente y les provocaban cambios de ánimo que eran incapaces de explicar. ¿Cómo se podía describir esto? Dicho estaba: “El tambor y el judío están de una forma tal ligados, que el tambor y el judío son una misma cosa” (Manuel Piedrahita Ruiz, 1926). Precisamente, por el tambor, por el judío, por sus representaciones cofrades, esa Semana Santa era una de las manifestaciones más peculiares de España. Incluso, sus judíos, junto a los tamborileros de otras cinco comunidades autónomas españolas, habían sido reconocidos Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Baena, su historia, su economía, había quedado unida a la Semana Santa. Por eso, era habitual hace unas décadas ver en la entrada del pueblo carteles que decían: “Baena judío”, “Baena tambor”. Esa conmemoración que organizaban los baenenses era única, superviviente frente a las directrices religiosas que pretendían unificar la Semana Santa en la provincia. Aquí resistieron los baenenses y mantuvieron sus tradiciones, que para algunos pudieran parecer paganas, pero que para el baenense era la más profunda muestra de fe y religiosidad popular, transmitida día a día, año a año.

La economía de Baena, y eso nunca podía minusvalorarse, tenía en la Cuaresma una fuente importante de ingresos para numerosas empresas y trabajadores. Había quienes se habían especializado en la confección de los arreos del judío y que mantuvieron oficios muy antiguos, como destacó la Unesco cuando se reconoció a los judíos. Algunos establecimientos hosteleros podían facturar más de un 30% durante estos siete días.

La Semana Santa había conseguido conservar representaciones que tuvieron su origen en la Contrarreforma, en la necesidad de explicar al pueblo inculto pasajes fundamentales del Antiguo y Nuevo Testamento. Los judíos, quién lo diría, “bailaban” en las procesiones con los evangelistas. Los sayones se rifaban la túnica de Jesús. Hasta en tres ocasiones vendía Judas a Jesús en las calles de Baena para que los judíos prendieran al Salvador. El Viernes Santo, además, en la antigua Plaza del Coso, reaparecían cada año las figuras de Adán, Eva, Abrahán, Isaac o Pilatos recordando historias de la Biblia, siguiendo un primitivo guion que, década tras década, se había mantenido invariable. Figuras bíblicas que recorrían las calles de Baena y con las que podías encontrarte de repente al girar en una estrecha calle. “Hombre, Judas, ¿qué haces fuera de la procesión? ¡Qué pequeño es este año el ángel! Carlos, ¿otra vez de Abrahán? ¿Has visto a Adán?…

Comenzaron a procesionar imágenes desde el siglo XVI y algunas de las actuales ya lo hacían en la decimoséptima y décimo octava centuria. Ese Cristo de la Sangre que deslumbra desde lejos por su estilizada figura y el dramatismo trazado por la gubia de Pablo de Rojas; el Cristo de los Azotes y el Cristo del Perdón, en los que la madera se convertía en duro plasticismo del sacrificio del hombre; y esas bellas Vírgenes que lloran la pasión y muerte del hijo.

Nadie olvidaba la diversidad de sus hermandades, los tambores roncos que rompían silencios, las plegarias del tambor de chillones, los penitentes que alumbraban la noche, apóstoles que se abrazaban por las calles, romanos que siempre fueron la ilusión de los más pequeños y trajecillos blancos que lograron sobrevivir en tiempos de enorme dureza. Peculiar hasta el vocabulario que se fue configurando siglo a siglo: arreos, tahalí, reventona, chillón, “pasos y fatigas”, …

Judíos coliblancos, en la calle Amador de los Ríos, junto al grafiti de Saneke Ink dedicado a los judíos. FOTO: JOSÉ CARLOS PRIEGO

Porque gracias a aquellos franciscanos y dominicos del siglo XVI, gracias a los baenenses que se unieron por la pasión, muerte y resurrección de Cristo, Baena inició un camino que continúa superando adversidades de guerras, emigraciones, enfermedades y pandemias. En esa Cuaresma de 2021 seguiríamos llorando a quienes se fueron, recordando sus enseñanzas, sintiendo su marcha, recordando siempre que sin ellos la Semana Santa de Baena hubiera sido muy distinta. Los baenenses comenzaron a quitar hojas del calendario desde aquel Miércoles de Ceniza. Ya faltaba menos. Se acercaba la Semana Santa de 2022. Volveríamos a empezar. A tensar pellejos, a apretar chillones, a extraer el brillo de los fondos y los cascos, a destrenzar las colas. Los romanos de las centurias limpiarían sus corazas; los hermanos de andas y de luz se preparaban para iniciar sus estaciones de penitencia, junto a profetas y apóstoles, junto a los tambores roncos que en el nuevo año, seguro, tocarán alegría, no más tristeza. Los trajecillos blancos abrirían las puertas de San Francisco para dejar pasar la luz que nunca se debió ocultar. Los baenenses, por fin, reiniciarían un nuevo camino como si fuera la primera Semana Santa que vivían. Comenzarían a reescribir una historia que un maldito virus paralizó durante demasiados meses, que nos unió, que nos hizo llorar, que en demasiadas ocasiones acabó con nuestra paciencia, con el sentimiento más arraigado del baenense. Y eso, nunca se olvidaría.    

admin

Entusiasta del aprendizaje permanente, soy doctor en Periodismo. Disfruto con la historia de la comunicación y el periodismo corporativo y las nuevas formas de comunicación. En mis ratos libres, investigo sobre Baena, pueblo en el que nací, y sus tradiciones.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.