Miércoles Santo

San Francisco. Una iglesia cerrada. Una residencia de ancianos que quería sobrevivir en aquellos años de grandes transformaciones que dificultaban su continuidad. Quedaban ya pocas religiosas y unas decenas de personas mayores que perpetuaban la historia iniciada en 1900. Aquel bello templo franciscano concentró durante siglos los sentimientos cofrades de los baenenses, era el faro que señalaba el camino a miles de emigrantes cuando llegaba la Semana Santa. La guerra civil quedaba ya muy atrás, pero el recuerdo del drama y la vergüenza de 1936 no se olvidaba. Pero también aparecían aquellas viejas imágenes en televisión cuando el viejo requeté Fernando hacía la lectura en la misa que se transmitió en directo o se oía el “silencio” cantado por un grupo rociero que recordaba al cura Salvador Muñoz, uno de los grandes hombres que llegaron a Baena en tiempos de blanco y negro y que pusieron color al impulsar dos cooperativas textiles en la localidad.

Ese Miércoles Santo de 2020 amanecía apesadumbrado, con algún tambor que se resistía al confinamiento, con alguna trompeta que se resistía al silencio. Nadie pudo echar las cajas. Era complicado no pensar en los 25 contagiados de covid-19 que se conocieron el día anterior en una de las cuatro residencias de mayores que había en Baena y los otros siete positivos de las jornadas anteriores. No se olvidaba a las dos personas fallecidas por coronavirus. Era difícil no pensar cómo hubiera sido ese Miércoles Santo sin el virus que transformó la sociedad aquel año. La calle Herrador madrugaba pronto. Los tambores de los hijos de Carmen la Gabriela despertaban pronto. Debían estar finos para lucir en la centuria romana. La garganta se calentaba con algún toque de corneta. Años antes, ya se había perdido la costumbre, algunas vecinas aprovechaban aún ese día para hacer las magdalenas y los pestiños en el horno de Mangaverde.

Las casas se llenaban de familiares emigrantes que buscaban el vínculo con sus raíces tras el obligado desarraigo de los años cincuenta y sesenta. Siempre volvían esos recuerdos cada Miércoles Santo. Pero ahora solo podía imaginar lo que hubiera sido aquel día de explosión cofrade de no haber sido por la pandemia.Ese año habría podido echar las cajas con Julio, con Pascual y un grupo de viejos amigos con los que recorría las calles del casco antiguo cuando el trabajo en el periódico lo permitía. No estaría Cortés, que unos meses antes falleció repentinamente cuando hacía guardia en la farmacia. Esa mañana era larga. El tambor sonaba por la calle Llana, la Puerta de Córdoba, la calle Llaneta, San Pedro; por la plaza Vieja, por la Zapatería, el Arco Oscuro y la Almedina. De estación en estación, en el silencio del tambor.

A primera hora de la tarde hubiera acudido al cuartel de la Primera Cuadrilla de la Cola Negra y, junto al resto de judíos, esperaría la llegada de la cuadrilla de cajas y banderas para buscar al resto de cuadrillas. El judío saldría de su carrera oficial para recoger al Rey de los Judíos, que residía junto al centro de salud que ocupó en su día el espacio de las casas baratas. ¿Quién hubiera imaginado unas semanas antes lo que estaba sucediendo ese Miércoles Santo de 2020? Los judíos, tras cumplir con su obligado protocolo, habrían recorrido las calles del casco antiguo para responder a la invitación centenaria de la cola blanca de acompañarles en la procesión de Jesús del Huerto, de los cuellos sucios.

Esa Cruz de Jaspe que desde siempre estuvo en la memoria de los baenenses se convertía en la frontera del colinegro cada Miércoles Santo por la tarde. Vigilantes estaban siempre los sayones para que se cumpliera la tradición y ningún despistado colinegro sobrepasase esa Cruz y la pintura que homenajeaba a las monjas de San Francisco.Lo que venía después era un culto a la belleza artística, a la riqueza y peculiaridad de la Semana Santa andaluza, a la fe y la devoción, a la tradición clavada en los baenenses desde hacía siglos.

La cofradía del Miércoles Santo competía con la del Viernes Santo noche por la riqueza del barroquismo de sus imágenes procedentes de la Escuela Granadina. Imagineros como Pedro de Mena, Diego de Mora o José Risueño aparecieron en las vinculaciones de aquellas bellas esculturas de madera. Y entre las peculiaridades la presencia de San Diego para remarcar la importancia histórica de los franciscanos en la cofradía. La ficha de aquella guía de la Semana Santa de 2020 de la Agrupación de Cofradías decía:

COFRADÍA DE NUESTRO PADRE JESÚS DEL HUERTO Y SAN DIEGO

-Año de fundación: A mediados del siglo XVI.

-Número de cofrades participantes: Más de 3000.

-Orden procesional: Galladerte, Veracruz portada por los albaceas, Hdad. de San Diego, Centuria Romana, Hermandad de los Apóstoles, Hermandad de Ntro. Padre Jesús del Huerto, Evangelistas, Turba de Judíos de la Cola Blanca, Cuadrilla de Sayones, Turba de Judíos de la Cola Negra, Hermandad de Jesús de los Azotes, Hermandad de Jesús de la Ventana (Ecce Homo), Hermandad de Ntra. Sra. de los Dolores, Capellán, Representación Municipal, Banda Municipal de Música.Imaginería: San Diego, Jesús del Huerto, Jesús de los Azotes, Jesús de la Ventana (Ecce Homo), Ntra. Sra. de los Dolores.

Nadie dudó ese Miércoles Santo que lo que estaba pasando sería recordado siempre.

admin

Entusiasta del aprendizaje permanente, soy doctor en Periodismo. Disfruto con la historia de la comunicación y el periodismo corporativo y las nuevas formas de comunicación. En mis ratos libres, investigo sobre Baena, pueblo en el que nací, y sus tradiciones.

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