Los artesanos de la Semana Santa de Baena

¿Cuántos tambores se quedaron sin vender? ¿Cuántos plumeros dejaron de estrenarse esa Semana Santa? ¿Cuántas chaquetas permanecieron guardadas en los armarios? ¿Cuántas colas de caballo no se destrenzaron? A algunos baenenses de ahora, pasados los años de aquella crisis del covid-19, la palabra “arreos” les podría parecer extraña. Entonces, en pleno apogeo de la Semana Santa de Baena, cuando los sonidos del tambor ya eran reconocidos patrimonio de la humanidad por la Unesco, nadie desconocía su significado y su vinculación al judío. Los arreos eran el conjunto de elementos que configuraban su cromática indumentaria: la chaqueta, el casco, el plumero, los liñuelos, el pañuelo, la sortija, el escudo, el tambor, el tahalí, las baquetas, la camisa blanca, el pantalón de vestir negro, los zapatos negros y los guantes. Aquellos baenenses eran capaces de hacer grandes sacrificios económicos para tener el mejor casco o la chaqueta con el bordado más original. Recuerdo aquel viejo expediente que confeccionó la Agrupación de Cofradías para que la Semana Santa fuera reconocida Fiesta de Interés Turístico Nacional, una de las tres que en 2001 tenían aquella distinción. Ese documento decía:

“Vestir la típica indumentaria de judío supone un desembolso de unas doscientas mil pesetas, cifra que se puede elevar por encima a medida que el baenense desee incrementar el barroquismo de alguno de sus elementos, ya sea el tambor, la chaqueta o aumentar el número de liñuelos de cola en el casco. La cuenta es fácil: el tambor, realizado fundamentalmente por los hermanos Luque y por una empresa dedicada a la artesanía de este instrumento de percusión, ‘Baena sonido’, supone un desembolso de entre 30.000 y 40.000 pesetas. Las baquetas, de encina catalana, valen unas 1.500 pesetas. La chaqueta de judío, donde también hay artesanos especializados en su confección y bordado, como Manuel Henares, alcanza también las 30.000 pesetas, precio que se incrementa a medida que aumenta el bordado de la misma. La cola, blanca o negra, suele proceder de caballos franceses o polacos, aunque normalmente se trae de almacenes de Barcelona. La inversión en este apartado supone entre 30.000 y 35.000 pesetas como mínimo en la cola negra, el doble, entre 65.000 y 70.000 pesetas cuando se trata de la cola blanca. Los cascos del judío cuestan unas 25.000 pesetas, mientras que el plumero, que procede de Madrid, se cotiza a 15.000. A esta indumentaria básica hay que unir el pantalón negro (unas seis mil pesetas como media), los guantes (1.500 pesetas), el tahalí para sujetar el tambor (2.700 pesetas), camisa blanca, zapatos negros y pañuelo. Estos precios se elevan cuando se prefiere un tambor tallado en el fondo o en los aros, la chaqueta se borde, se prefiera una cola más larga de lo habitual, se talle el casco o se prefiera baquetas de ébano”.

Enrique Luque, en su taller, en una imagen de 2011.

Luego, con la inflación provocada por el euro, a nadie sorprendía que se llegaran a desembolsar entre 1.800 y 2.000 euros por esos peculiares arreos. Sí, 2.000 euros de principios del siglo XXI. Los baenenses asumían esa costosa inversión para mantener una tradición que, en la mayoría de los casos, le había transmitido su padre, y a este su padre, y así hasta perder la raíz del primer judío de la familia.

José Luis Burrueco, en una feria cofrade en Córdoba.

Y dirán que a qué viene ahora recordar los arreos del judío un Lunes Santo que ya se cerró ese año de 2020 sin el miserere de la cofradía del Dulce Nombre de Jesús por el dichoso virus y cuando ya era Martes Santo. Detrás de la figura del judío hubo siempre una serie de artesanos que mantuvieron viva esa tradición. Me vienen a la memoria ahora nombres de artesanos del tambor como Pepe Mata, Antonio Piernagorda o los hermanos Enrique y Andrés Luque; bordadoras como Antonia Burrueco ‘La Sola’ o María Urbano; expertos en la fabricación del casco de judío como Vicente Cubero y los Burrueco o sastres que hicieron miles de chaquetas como Jesús Marín Pina y Manuel Henares. O Pablo Luna, al que veía en aquellos años trenzar cola de caballo o esparto para los cordones nazarenos en la calle Herrador.

En 2018, uno de los aspectos que más destacó la Unesco para que los tambores de Baena y los de otros 16 municipios fueran reconocidos patrimonio de la humanidad era la artesanía y la cultura que había detrás de sus peculiares cofrades. Hoy, décadas después, aún se recuerda la importancia de aquellos artesanos que perpetuaron la indumentaria del judío. Gracias a ellos, el tambor sigue sonando por las calles de la vieja villa.

Vicente Cubero trabaja en una de las piezas del casco.

admin

Entusiasta del aprendizaje permanente, soy doctor en Periodismo. Disfruto con la historia de la comunicación y el periodismo corporativo y las nuevas formas de comunicación. En mis ratos libres, investigo sobre Baena, pueblo en el que nací, y sus tradiciones.

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